4 sept. 2012

ESTE PEQUEÑO PUNTO AZUL, PÁLIDO...III y IV Parte




LAS REVELACIONES DE LA CIENCIA


Cada rama de la ciencia ha logrado avances asombrosos durante el siglo XX. Los fundamentos mismos de la física experimentaron la revolución de las teorías especial y general de la relatividad y de la mecánica cuántica. En este siglo se desentrañó por primera vez la naturaleza de los átomos, con protones y neutrones en un núcleo central y rodeado de una nube de electrones; se vislumbraron los elementos integrantes de protones y neutrones, los quarks; y gracias a los aceleradores de alta energía y los rayos cósmicos, apareció la multitud de partículas elementales exóticas de vida corta. La fisión y la fusión han hecho posible las armas nucleares, las centrales atómicas de fisión (un logro no exento de riesgos) y la perspectiva de centrales nucleares de fusión. La comprensión de la decadencia radiactiva ha permitido conocer de modo definitivo la edad de la Tierra (unos 4.600 millones de años) y el momento del origen de la vida en nuestro planeta (hace aproximadamente 4.000 millones de años).

 Tras esbozar las concepciones cristianas de la mujer, desde los tiempos patrísticos a la Reforma, el filósofo australiano John Passmore (Man's Responsability for Nature: Ecological Problems and Western Traditions, Nueva York, Scribner's, 1974) llegó a la conclusión de que Kinder, Küche, Kircher «como descripción del papel de las mujeres, no es una invención de Hitler, sino un típico lema cristiano».
En geofísica, se descubrió la tectónica de placas (una serie de correas transmisoras bajo la superficie de la Tierra que portan los continentes desde su nacimiento hasta su muerte, a razón de unos dos centímetros y medio cada año). La tectónica de placas es esencial para entender la naturaleza y la historia de las masas terrestres y la topografía de los fondos marinos. Ha surgido un nuevo campo de la geología planetaria donde cabe comparar las masas terrestres y el interior de la Tierra con los de otros planetas y sus satélites. 

La química de los minerales en otros mundos —determinada a distancia o bien a partir de muestras traídas por naves espaciales o de meteoritos ahora reconocidos como procedentes de otros planetas— puede ser cotejada con la de las rocas terrestres. La sismología ha sondeado la estructura del interior profundo de la Tierra y descubierto bajo la corteza un manto semilíquido y un núcleo de hierro líquido en la periferia y sólido en el centro, cuyo estudio es vital para conocer los procesos que condujeron a la formación del planeta.

Algunas extinciones masivas de la vida pasada son ahora atribuidas a inmensas emanaciones del manto que llegaron a la superficie generando mares de lava donde antaño hubo tierra firme. Otras se debieron al impacto de cometas o asteroides próximos a la Tierra que incendiaron los cielos y transformaron el clima. En el siglo XXI deberíamos al menos hacer un inventario de cometas y asteroides para saber si alguno lleva inscrito nuestro nombre.

Un motivo de satisfacción científica en el siglo XX es el descubrimiento de la naturaleza y la función del ADN (ácido desoxirribonucleico), la molécula clave responsable de la herencia en los seres humanos y en la mayor parte de plantas y animales. Hemos aprendido a leer el código genético y, en un número creciente de seres vivos, trazado todos los genes y determinado de qué funciones orgánicas se encarga la mayoría. Los especialistas en genética se preparan para trazar el genoma humano, hazaña de enorme potencial tanto para el bien como para el mal. 


El aspecto más significativo de la historia del ADN es el hecho de que ahora se consideren perfectamente comprensibles, en términos fisicoquímicos, los procesos fundamentales de la vida. No parece que haya implicados una fuerza vital, un espíritu, un alma. Lo mismo ocurre en neurofisiología: todavía de modo impreciso, la mente parece ser la expresión de los 100 billones de conexiones neuronales del cerebro, más unos cuantos elementos químicos simples.

La biología molecular nos permite ahora comparar dos especies cualesquiera, gen por gen, molécula por molécula, para descubrir su grado de parentesco. Estos experimentos han demostrado de modo concluyente la semejanza profunda de todos los seres de la Tierra y confirmado las relaciones generales antes propuestas por la biología evolutiva. Por ejemplo, hombres y chimpancés comparten el 99,6% de sus genes activos, lo que ratifica que los chimpancés son nuestros parientes más próximos, y que tenemos un antepasado común.

continúa IV parte



 Durante el siglo XX, y por vez primera, investigadores de campo han vivido con otros primates, observando atentamente su comportamiento en su hábitat natural para descubrir la piedad, la perspicacia, la ética, la guerra de guerrillas, la política, el empleo y la fabricación de herramientas, la música, un nacionalismo rudimentario y muchas otras características a las que antes se juzgaba únicamente humanas. Prosigue el debate sobre la capacidad lingüística de los chimpancés, pero en Atlanta hay un bonobo (un «chimpancé pigmeo») de nombre Kanzi que utiliza con soltura un lenguaje simbólico de varios centenares de caracteres, y que, además, ha aprendido por sí mismo a fabricar herramientas de piedra.

Muchos de los más asombrosos avances recientes en química están relacionados con la biología, pero voy a mencionar uno cuya significación es mucho más amplia: se ha comprendido la naturaleza del enlace químico, las fuerzas cuánticas determinantes de las asociaciones de átomos, así como la intensidad y la configuración de las uniones. También se ha sabido que aplicando las radiaciones a atmósferas nada recomendables (como las primitivas de la Tierra y otros planetas) se generan aminoácidos y diversos elementos clave de la vida. En el laboratorio se ha descubierto que los ácidos nucleicos y otras moléculas se multiplican por sí mismos y reproducen sus mutaciones. 


En consecuencia, el siglo XX ha registrado un progreso sustancial en la comprensión del origen de la vida. Buena parte de la biología se puede reducir a la química, y mucho de ésta, a la física. Aún no existe una seguridad completa, pero el hecho de que haya algo de verdad en ello, por poco que sea, constituye un atisbo importantísimo sobre la naturaleza del universo.


La física y la química, con la ayuda de los ordenadores más potentes de la Tierra, han tratado de determinar el clima y la circulación atmosférica general del planeta a lo largo del tiempo. Este poderoso instrumento se emplea para calcular las consecuencias futuras del vertido continuo de COy otros gases invernadero a la atmósfera terrestre. Mientras tanto, y con una facilidad mucho mayor, los satélites meteorológicos permiten la predicción del tiempo con una antelación de varios días, evitando cada año pérdidas de miles de millones de dólares en la agricultura.

A principios del siglo XX los astrónomos estaban sumidos en lo más hondo de un océano de aire turbulento, desde donde intentaban atisbar mundos lejanos. Hacia el final del siglo giran en órbitas terrestres grandes telescopios que observan los cielos en las bandas de rayos gamma y X, luz ultravioleta, luz visible, luz infrarroja y ondas de radio.


En 1901, Marconi realizó su primera emisión de radio a través del Atlántico. Ahora estamos acostumbrados a emplear la radio para comunicarnos con cuatro vehículos espaciales más allá del planeta más lejano de nuestro sistema solar, y a recibir las emisiones de radio naturales de quásares situados a 8.000 y 10.000 millones de años luz, así como la denominada radiación de fondo del cuerpo negro (los vestigios del Big Bang, la vasta explosión que inició la encarnación actual del universo).
Se han lanzado vehículos de exploración para estudiar 70 astros y posarse en tres de ellos. 


El siglo ha contemplado la casi mítica hazaña de enviar 12 hombres a la Luna y traerlos sanos y salvos junto con más de 100 kilos de rocas lunares. Las naves robóticas han confirmado que la superficie de Venus presenta, por obra de un inmenso efecto invernadero, una temperatura de más de 480 °C; que hace 4.000 millones de años Marte tenía un clima semejante al de la Tierra; que moléculas orgánicas caen como maná del cielo de Titán, un satélite de Saturno; que quizá una cuarta parte de cada cometa es materia orgánica.

Cuatro de nuestras naves espaciales viajan rumbo a las estrellas. Se han encontrado recientemente otros planetas en torno de otras estrellas. Nuestro Sol está en los arrabales de una vasta galaxia en forma de lente que comprende unos 400.000 millones de soles. A principios de siglo se creía que la Vía Láctea era la única galaxia. Ahora sabernos que hay centenares de miles de millones, todas alejándose unas de otras como restos de una enorme explosión, el Big Bang. Se han hallado residentes exóticos del zoo cósmico ni siquiera imaginados al comenzar el siglo: pulsares, cuásares y agujeros negros. Al alcance de nuestras observaciones quizás estén las respuestas a algunas de las preguntas más profundas que jamás se hayan hecho los seres humanos sobre el origen, la naturaleza y el destino del universo entero.


Tal vez el subproducto más desgarrador de la revolución científica haya sido el hacer insostenibles muchas de nuestras creencias más arraigadas y consoladoras. El ordenado proscenio antropocéntrico de nuestros antepasados ha sido reemplazado por un universo frío, inmenso e indiferente, donde los hombres se hallan relegados a la oscuridad. Sin embargo, advierto la emergencia en nuestra conciencia de un universo poseedor de un orden magnífico, mucho más complejo y primoroso de lo que imaginaron nuestros antepasados. Si es posible comprender tanto acerca del universo en términos de unas cuantas y simples leyes naturales, quienes deseen creer en Dios siempre pueden atribuir su belleza a una Razón que subyace en toda la naturaleza. Mi opinión es que resulta mucho mejor entender el universo tal como es que aspirar a un universo tal como querríamos que fuese.

Adquirir el conocimiento y el saber necesarios para comprender las revelaciones científicas del siglo XX será el reto más profundo del siglo XXI.

CARL SAGAN

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