9 oct. 2012

El Terrorismo




SE LLAMABA “ANGUSTIA”

Se llamaba Angustia, o quizá, Ángel, Soledad o Tristeza. Hoy día, simplemente es una imagen en el corazón del mundo, gravitando en la retina de los ojos de los espectadores. De lejos, de cerca o incrustada en el lente de la cámara, estaba la niña, con su carita de miedo, con la tristeza bañando su rostro y era …“Angustia”.

No era un rostro como cualquier otro, no todas las personas pueden ser tan expresivas e inspirar ese “no sé qué” que toca nuestras fibras íntimas. Su mirada ... mirada que solo Angustia puede asomar desde su alma.  Todo un drama reflejado en sus pequeños ojos que saltan de su rostro, electrizándonos. El lente de la cámara también se ha paralizado en este instante.

Ojos negros, cual escarabajos brillantes, fulgurando con tímida luz de luceros. Hablan, gritan, imploran sin vocalizar un solo sonido. Todo viene de adentro, todo va hacia adentro. El grito enroscado en su garganta pugna por salir, pero sus pequeños músculos faciales están inmóviles por la fuerza del terror, sus labios están sellados como portones insondables del silencio. 

Sus cabellos poblados de sudor, cual frágil garúa, caen dispersos en el marco de su cara ... en su cara. Unas cuantas hebras, espantadas  ramillas, se dibujan cual espinas, acentuando aún más la expresión de angustia.

Pareciera que la niña está en manos del destino y un secreto oculto la abate. ¿Que poder puede tener una niña? ¿Acaso es ella la causante de guerras fratricidas? Ella nació como inocente capullo para florecer en los campos del Señor. A ella hay que enseñarle a modelar su cuerpo y su alma. Hay que mostrarle el camino del Amor y no del odio. El camino de la justicia y no de la Injusticia.

Hoy por hoy, los hombres están en conflicto con Dios. Unos se creen dioses con el poder absoluto sobre la humanidad entera. Otros se creen verdugos castigando a su prójimo.  En nombre de Dios se cierne la guerra más cruenta de los siglos. En nombre de Dios se asesina multitudes de personas, se violan principios, se toma de rehenes a inocentes, los convierten en carnadas humanas para matar más humanos. Y que se gana al final de todo? Tristeza, dolor, angustia, desolación, terror. 

El poder de los hombres se cierne ante la fragilidad de los débiles. Ahora está en cuestión los rehenes niños. “Angustia”, por llamarla así, es la nueva víctima. Su cuerpecito, pichón aun, tiene la dura tarea de llevar una bomba. Lógicamente habrá un detonador que borrará del mapa a cientos de seres humanos. Otros niños como ella morirán. Ella misma se esparcirán en miles de “Angustias”. 

El mundo regará nuevamente pétalos de sangre por doquier. Las campanas de la muerte rezarán por tanta gente que yace confundida con la arcilla del camino, con el cemento, enrollados entre las rieles de los trenes, expulsados de los aviones, gravitando espacios y dimensiones insondables para los que aun quedamos. Ellos, atravesaron la barrera de la muerte. Nosotros los que quedamos todavía, seremos carne de cañón para la próxima vez.

El terrorismo, es un acto abominable que llega de cualquier comunidad, raza o religión. Los mismos que se creen los “padres de la humanidad” pueden ser terroristas disfrazados de gentleman o políticos con poder. El odio, gusano enraizado en el A.D.N. de los terroristas, reproducido y esparcido como mala hierba, nos da el índice de lo que vivirá la futura cosecha.

Cuando contemplo a “Angustia” con su inocencia y desamparo, mirando inquisitiva al lente de la cámara, veo en ella a un ángel caído en medio de tantos otros. Y yo me pregunto siempre: Cuando Dios creó el mundo… ¿Cuál fue la fórmula que hizo la ecuación errada? ... Silencio ... no hay respuestas.

Autora: Cecilia Zevallos Petroni